Un fragmento metálico de apenas unos milímetros puede convertirse en un proyectil peligroso cuando se desplaza a miles de kilómetros por hora. Alrededor de la Tierra, millones de estos residuos comparten espacio con satélites operativos, aumentando el riesgo de accidentes que podrían multiplicar la basura orbital.
La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) busca enfrentar este problema mediante tecnologías capaces de facilitar futuras operaciones de mantenimiento y retirada de objetos abandonados. La preocupación no se limita a las misiones espaciales, porque numerosos servicios utilizados diariamente dependen de satélites que permanecen expuestos a posibles impactos.
Según estadísticas de la Agencia Espacial Europea (ESA), aproximadamente 47.270 objetos espaciales están catalogados y son rastreados regularmente. Sin embargo, sus modelos también estiman alrededor de 1,5 millones de fragmentos de entre uno y diez centímetros, además de unos 230 millones de partículas todavía más pequeñas.
Cómo se acumula la basura espacial y por qué resulta peligrosa
La basura espacial comprende satélites fuera de servicio, etapas de cohetes agotadas, herramientas perdidas y fragmentos producidos por explosiones o colisiones. Estos materiales pueden permanecer alrededor del planeta durante períodos variables, dependiendo de sus órbitas y de la resistencia atmosférica que experimentan.
En la órbita terrestre baja, algunos residuos alcanzan velocidades cercanas a 29.000 kilómetros por hora, suficientes para provocar daños importantes incluso mediante impactos diminutos. Cuando dos objetos chocan, pueden generar numerosos fragmentos adicionales que permanecen en circulación y aumentan las posibilidades de nuevos accidentes.
Cuando los objetos espaciales chocan, pueden liberar fragmentos que ocasionan nuevas colisiones, un fenómeno conocido como síndrome de Kessler. De intensificarse, el fenómeno podría dificultar las operaciones en determinadas regiones orbitales y comprometer satélites dedicados a comunicaciones, navegación y observación terrestre.
Durante 2025, más de 300 lanzamientos colocaron más de 4.000 nuevas cargas útiles en órbita, de acuerdo con cifras de la ESA. Este crecimiento incrementa la importancia de gestionar los equipos cuando terminan sus operaciones y evitar que permanezcan como obstáculos para futuras misiones.
La misión con la que la NASA busca enfrentar el problema
Para avanzar hacia posibles soluciones, la NASA financia una demostración tecnológica denominada Capacidad de Propulsión e Inspección para Naves Espaciales Pequeñas (SSPICY). La iniciativa utiliza la nave Otter 24C, desarrollada por la empresa Starfish Space y lanzada el 1 de octubre de 2026 desde California.
A comienzos de 2027, el vehículo comenzará a aproximarse a un máximo de cuatro objetos estadounidenses fuera de servicio, incluidos satélites y restos de cohetes. Durante estas maniobras permanecerá a cientos de metros de distancia, sin tocarlos ni acoplarse a ellos, mientras recopila información sobre su orientación y movimiento.
Otter combina sensores, navegación autónoma, propulsión eléctrica y un brazo robótico que permite orientar sus propulsores para realizar desplazamientos precisos. Estas capacidades podrían facilitar futuras misiones destinadas a reparar satélites o trasladar residuos hacia trayectorias que permitan su eliminación mediante reentradas atmosféricas controladas.
Aunque esta demostración no retirará basura espacial, permitirá evaluar herramientas necesarias para intervenir sobre objetos que actualmente permanecen abandonados alrededor del planeta.