Respirar aire aparentemente limpio no garantiza estar lejos de uno de los contaminantes más extendidos y menos visibles de la atmósfera cercana. Durante los primeros ocho meses de 2026, cerca del 40 % de la población mundial estuvo expuesta a niveles nocivos de ozono troposférico.
El Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus identificó una combinación persistente de calor extremo, emisiones contaminantes e incendios, capaz de favorecer concentraciones elevadas. A diferencia del ozono estratosférico, que ayuda a bloquear radiación ultravioleta, el ozono troposférico se forma cerca de la superficie terrestre.
A diferencia de otros contaminantes, no surge directamente de una chimenea, sino de reacciones químicas favorecidas por la luz solar y el calor. Entre esos compuestos figuran óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles, asociados al transporte, la industria, combustibles, vegetación e incendios.
Calor y contaminación alimentan el problema
Las olas de calor prolongadas registradas durante 2026 crearon condiciones favorables para acelerar esas reacciones químicas y elevar las concentraciones de ozono. Asia concentró la exposición más severa, con alrededor del 60 % de sus habitantes sometidos a niveles considerados extremadamente altos.
Cuando se suman las categorías deficientes y muy deficientes, la cifra alcanza 90%, mientras solo 5% de la población mundial registra niveles buenos. Europa también registró una exposición importante, con aproximadamente la mitad de su población afectada por niveles deficientes, muy deficientes o extremadamente deficientes.
En América del Norte, más de dos tercios de la población estuvieron expuestos a condiciones calificadas como malas, muy malas o extremadamente malas. El problema puede intensificarse porque las temperaturas elevadas favorecen la formación de ozono, mientras este contaminante también actúa como gas de efecto invernadero.
Más calor puede favorecer nuevas concentraciones de ozono y alimentar una posible retroalimentación que incrementa la presión sobre la calidad del aire. Además, los incendios forestales aportan compuestos y partículas que pueden desplazarse grandes distancias antes de deteriorar otras regiones.
Salud, cultivos y ecosistemas bajo presión
La exposición al ozono troposférico puede irritar las vías respiratorias, reducir la función pulmonar y favorecer procesos inflamatorios en personas expuestas. Los efectos prolongados también se relacionan con agravamiento del asma y mayor incidencia de accidentes cerebrovasculares, además de otros impactos respiratorios y cardiovasculares.
Además de afectar la salud humana, las concentraciones elevadas pueden perjudicar cultivos, modificar ecosistemas y disminuir los rendimientos agrícolas. Esa presión adquiere mayor relevancia cuando coincide con temperaturas extremas, incendios forestales y otros episodios capaces de deteriorar la calidad atmosférica.
Parte del humo generado por grandes incendios puede desplazarse miles de kilómetros y alcanzar regiones muy alejadas de su punto de origen. Parte de esas columnas alcanzó el Atlántico, Groenlandia y sectores europeos, elevando además las concentraciones de partículas finas en lugares alejados del origen.
El polvo del Sáhara también cruzó extensas zonas del Atlántico durante 2026, alcanzando territorios como Cabo Verde, Islas Canarias y el Caribe. Estos desplazamientos muestran que la contaminación puede afectar comunidades muy distantes, incluso cuando las principales emisiones se generaron lejos de sus ciudades.
La vigilancia atmosférica permite anticipar episodios peligrosos, pero reducir sus efectos requerirá medidas coordinadas sobre emisiones, incendios, calidad del aire y adaptación al calor. La evolución futura dependerá de cuánto aumenten las temperaturas y de la capacidad para limitar los contaminantes que favorecen la formación de ozono.