El anuncio del Gobierno federal de preparar un decreto para obligar a las plataformas digitales a detectar, reportar y retirar contenidos que inciten directamente a la violencia, el abuso o el acoso reabrió un debate que durante décadas también ha acompañado a los videojuegos: ¿la exposición constante a contenidos violentos puede modificar la conducta de quienes los consumen?
La discusión tomó fuerza después del ataque ocurrido el 1 de octubre en una secundaria de Torreón, Coahuila, donde dos exalumnos irrumpieron en el plantel con machetes y petardos; el ataque dejó como saldo la muerte de la subdirectora Nedi Edith Nevárez González y cuatro personas heridas.
Las autoridades investigan, entre otras líneas, la posible influencia de ideologías extremas consumidas a través de internet, foros y chats, así como el seguimiento de figuras vinculadas con ataques ocurridos en otros países.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció el 2 de octubre la creación de un grupo de trabajo para elaborar el decreto, en el que participarán la Consejería Jurídica, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, la Secretaría de Educación Pública, el CNI, la Agencia de Transformación Digital y especialistas de la UNAM y el IPN.
La intención es que plataformas como Facebook, Instagram, TikTok y X tengan mayores responsabilidades para detectar y retirar oportunamente contenidos considerados de riesgo, además de reforzar las medidas de protección para menores de edad.
Sin embargo, uno de los principales puntos del debate será definir exactamente qué debe entenderse por “contenido violento”; hasta ahora, el decreto se encuentra en elaboración y no existe una definición jurídica cerrada.
De acuerdo con las declaraciones oficiales, la regulación estaría dirigida principalmente contra publicaciones, videos, mensajes o comentarios que inciten directamente a la violencia, el abuso o el acoso, así como materiales que promuevan conductas delictivas o expresiones relacionadas con el extremismo violento.
Pero ¿existe evidencia científica de que consumir este tipo de material puede influir en la conducta?
La respuesta es más compleja que un simple sí o no, diversos estudios han encontrado una relación entre la exposición frecuente a determinados contenidos violentos y un incremento en pensamientos agresivos, hostilidad, aceptación de la violencia o conductas agresivas menores.
También se ha estudiado la posibilidad de que la exposición repetida produzca desensibilización, es decir, que algunas personas comiencen a percibir determinadas expresiones de violencia como menos graves o más normales.
Sin embargo, estos efectos suelen ser pequeños y dependen de múltiples factores, como la edad, el entorno familiar, las relaciones sociales, los antecedentes de conducta agresiva y las características individuales pueden modificar considerablemente la manera en que una persona responde a esos contenidos.
La evidencia científica tampoco permite afirmar que ver un video violento, por sí solo, provoque un ataque escolar, un homicidio o un acto de violencia extrema.
La violencia grave es un fenómeno multifactorial en el que intervienen antecedentes de agresividad, entorno social, posibles procesos de radicalización, acceso a armas y otros factores.
El mismo debate se ha presentado durante décadas con los videojuegos violentos, algunos metaanálisis han encontrado asociaciones pequeñas con pensamientos agresivos, hostilidad y determinadas conductas agresivas, pero no existe evidencia sólida que permita atribuir a los videojuegos, por sí mismos, delitos violentos graves o ataques masivos.
En el caso de las redes sociales existe, no obstante, un elemento adicional: no solamente permiten consumir contenido, sino también interactuar con comunidades, compartir materiales y recibir de manera constante publicaciones similares; en determinados casos, esto puede favorecer procesos de normalización de la violencia, radicalización o glorificación de agresores.
Por ello, el reto del Gobierno federal será establecer una regulación que permita actuar contra contenidos que realmente inciten o faciliten la violencia, sin convertir la simple representación de hechos violentos o la expresión de opiniones en motivo de censura.
La evidencia científica sugiere que ciertos contenidos pueden contribuir a la agresividad, pero también advierte que no existe una causa única para explicar la violencia extrema.