El Paseo de San Francisco, corazón fundacional de Puebla, enfrenta una nueva metamorfosis. Grupo Carso, del empresario Carlos Slim Helú, adquirió parte del centro comercial y varios predios industriales aledaños, con un proyecto de usos mixtos: reactivación comercial, vivienda vertical y oficinas.
La inversión se estima entre 4,000 millones de pesos, para lo cual, el alcalde José Chedraui ha prometido agilizar trámites y permisos, incluso este jueves se presentó el proyecto en el Palacio Municipal.
Entre ambas familias existe un lazo directo: el hijo del alcalde, José Chedraui Jr., se casó con Ana Isabel Slim Aramburu, nieta del magnate; la operación inmobiliaria llega en un contexto de parentesco político-empresarial que no puede ignorarse cuando se habla de “inversión privada” en un polígono patrimonial.
Historia de un sitio que nunca deja de transformarse
El lugar que los indígenas conocían como Huitzalapan, fue el paraje donde se fundó Puebla en 1531, ahí se asentaron los franciscanos, se construyó el convento y se levantó la casa de García de Aguilar, capitán de Hernán Cortés, a quien el conquistador cedió el predio en 1533.
Restos de cocina, patio, huerta, hornos de cerámica mayólica del siglo XVII y un complejo hidráulico sobreviven como testimonio arqueológico; el Estanque de los Pescaditos, sagrado en tiempos prehispánicos, y los lavaderos de Almoloya completan un paisaje de agua, trabajo y fe.
En el siglo XX la zona se industrializó, se establecieron fábricas textiles y curtidurías, como La Violeta, La Piel del Tigre, La Oriental, entre otras.
En los años noventa, bajo el gobernador Manuel Bartlett Díaz y el megaproyecto Angelópolis, el Estado decretó utilidad pública, expropió manzanas enteras de los barrios de El Alto y La Luz, desalojó vecinos y construyó el Centro de Convenciones William O. Jenkins.
El Paseo del Río San Francisco se vendió como rescate patrimonial; en la práctica fue gentrificación dirigida por el poder público con resistencia ciudadana y litigios; en 2006 se creó la sociedad comercial que administró la plaza, un espacio atractivo pero frecuentemente semivacío.
Hoy el ciclo se repite, ahora con capital privado de primer nivel; la plaza ya mostraba cierre de locales, pero tras el anuncio de la compra, la afluencia cayó y más negocios bajaron cortinas sin un plan claro de reubicación y los locatarios denunciaron contratos no renovados y desalojos abruptos.
La narrativa oficial habla de “rescate” y “reactivación económica”, la realidad visible es una plaza que se vacía mientras se espera la llegada del capital.
Pero lo que es evidente y real, son las quejas ciudadanas al gobierno de Chedraui por baches, basura e inseguridad, incluso, apenas anunció sus aspiraciones de reelección para 2027, aparecieron pintas en bardas: “Si hay baches, no hay reelección”, “si hay inseguridad, no hay reelección”.
También generó polémica por contratos tempranos con empresas de Grupo Salinas por más de 26 millones de pesos, en un momento de tensión entre el gobierno federal y Ricardo Salinas Pliego; en su momento Chedraui afirmó que ya no estaban vigentes, pero el coordinador de Gabinete del estado precisó que simplemente no se renovaron.
Facilitar con celeridad los permisos a un proyecto de esta magnitud, en un sitio de alto valor patrimonial y con lazos familiares de por medio, no es un detalle menor.
La pregunta que abre esta nota cobra sentido: ¿conoce Slim el estilo de gobernanza de un alcalde que combina supuestas obras de pavimentación, ambición reeleccionista y apertura total a la inversión privada en el corazón histórico de la ciudad?
El Paseo de San Francisco ha sobrevivido a fundaciones, conventos, fábricas, expropiaciones y plazas comerciales fallidas.
Ahora llega el capital de Carso con promesas de modernidad vertical; que el resultado no sea otra capa de especulación sobre un patrimonio que pertenece a los poblanos dependerá de la vigilancia del INAH, de la transparencia real del proyecto y de si el Ayuntamiento actúa como garante del interés público o como facilitador de negocios.
La historia del lugar sugiere que, sin escrutinio, las transformaciones suelen beneficiar más a quienes invierten que a quienes habitan.