Un terremoto no necesita ser más fuerte para causar más destrucción cuando el terreno que recibe la sacudida ya perdió parte de su estabilidad. Esa es la advertencia que deja el caso de Jan Mayen, una isla volcánica noruega situada entre Groenlandia e Islandia.
Allí, un sismo de magnitud 6,5 ocurrido el 10 de marzo de 2025 desencadenó una avalancha de rocas sobre el glaciar Kjerulf. El episodio también coincidió con desprendimientos de hielo en el glaciar Weyprecht, formando una secuencia de peligros naturales conectados.
Los investigadores del Centro Helmholtz GEOMAR para la Investigación Oceánica de Kiel sostienen que el terremoto fue el detonante inmediato del colapso. Sin embargo, consideran que décadas de calentamiento global pudieron debilitar previamente la ladera mediante la degradación progresiva del permafrost.
Ese suelo permanentemente congelado contiene hielo dentro de fracturas rocosas, donde funciona como una unión natural que ayuda a estabilizar pendientes. Cuando ese hielo se derrite, disminuye la cohesión entre bloques y aumenta la posibilidad de que una vibración desencadene desprendimientos.
Un terreno que cambia antes de que llegue el terremoto
Jan Mayen es sísmicamente activa, pero cuatro décadas de imágenes satelitales no mostraron avalanchas comparables asociadas con terremotos anteriores. Esa diferencia llevó al equipo a estudiar si el estado de la ladera había cambiado antes del sismo de 2025.
Los registros climáticos muestran que las temperaturas medias estivales aumentaron desde aproximadamente 2 o 3 grados Celsius hasta 5 o 6 grados. Durante el invierno, las medias pasaron de valores cercanos a menos 7 grados hasta alrededor de menos 2 grados Celsius.
Estos datos no significan que el calentamiento global provoque terremotos, porque los movimientos sísmicos continúan originándose en procesos geológicos y tectónicos. El planteamiento del estudio es diferente: un clima más cálido puede modificar las condiciones físicas que determinan cuánto daño produce una sacudida.
Tampoco cada ladera con permafrost degradado necesariamente colapsará, porque intervienen pendientes, fracturas, materiales, intensidad sísmica y otras condiciones locales. Esa diferencia resulta clave para separar el origen del terremoto de los factores que pueden agravar sus consecuencias.
Para quienes dudan del calentamiento global, el caso de Jan Mayen aporta una señal concreta basada en mediciones prolongadas de temperatura regional. Esas observaciones documentan un calentamiento sostenido en la isla, aunque este estudio no pretende resolver por sí solo toda la discusión climática global.
Su objetivo específico fue relacionar cambios térmicos locales, degradación del terreno congelado y una respuesta geológica excepcional después del terremoto. La investigación combinó registros sísmicos, imágenes satelitales, mediciones de infrasonido y series climáticas para reconstruir la secuencia.
Qué podría cambiar en las próximas décadas
La principal preocupación está en las regiones donde coinciden glaciares, permafrost, fuertes pendientes y actividad sísmica frecuente o moderada. Si el terreno pierde progresivamente su efecto de unión, movimientos antes tolerables podrían desencadenar aludes, desprendimientos rocosos y daños glaciares más extensos.
Esa cadena puede transformar un peligro inicial en varios eventos sucesivos, aumentando la complejidad de la respuesta y el monitoreo. El riesgo no depende solamente de la magnitud del terremoto, sino también del estado previo del terreno.
Jan Mayen tiene poca población permanente, por lo que las consecuencias humanas directas del episodio fueron limitadas frente a otros territorios montañosos. Sin embargo, el mecanismo podría importar en zonas habitadas donde carreteras, comunidades o infraestructura estén próximas a laderas congeladas y glaciares.