Por más que se esfuerce en pulir su imagen con encuestas pagadas, el alcalde José Chedraui ya no puede ocultar la realidad que pisan a diario los poblanos: una ciudad con las calles destrozadas, donde el bache se ha convertido en el verdadero monumento a su gestión.
Excepto las avenidas que ha intervenido el Gobierno del Estado, el resto del municipio parece una zona de guerra; colonias enteras conviven con cráteres que dañan vehículos, lastiman peatones y generan accidentes.
El gobernador del estado ya se cansa de repetirlo en cada conferencia: el bacheo es responsabilidad exclusiva del municipio, lo ha dicho una y otra vez, con hartazgo visible; pero el alcalde José Chedraui hace oídos sordos, como si la advertencia viniera de otro planeta y no del gobierno que sí está reparando las calles que puede alcanzar.
Y es que la respuesta del Ayuntamiento no ha sido un plan de bacheo serio, sino una mezcla de indolencia y cinismo recalcitrante: echar una plasta de chapopote en los hoyos para que los ciudadanos que pagan impuestos “no estén chingando”.
Sin embargo, la primera lluvia devuelve los baches, más grandes y más peligrosos, es el clásico parche temporal convertido en política pública, y luego viene lo que ya raya en lo ignominioso: mientras miles de poblanos lidian con calles intransitables, el munícipe ordena rehabilitar la vía que lleva a su propia casa.
¿Prioridades? Claras. ¿Empatía con la sociedad? Nula. Ese gesto resume mejor que cualquier discurso la distancia que hay entre el alcalde y la gente que supuestamente sirve.
Chedraui ha pasado del ridículo al cinismo institucionalizado, porque no se trata sólo de incompetencia en obra pública, se trata de la decisión consciente de atender primero lo personal y lo político (y ni siquiera esto último hace bien), mientras el resto de la ciudad se cae a pedazos.
Un gobernante que actúa así demuestra, en los hechos, ser desobligado, indolente y falto de visión; peor aún: cuando el cinismo se vuelve método, la corrupción deja de ser una sospecha y se convierte en un patrón de conducta.
Lo más repugnante del asunto es el intento de comprar legitimidad, esa encuesta pagada del Ranking de Grandes Urbes de CE Research que lo coloca como “cuarto mejor alcalde” del país no es más que un ejercicio de propaganda caro y burdo.
¿De qué sirve aparecer bien posicionado en un estudio cuchareado si la realidad cotidiana grita lo contrario? Un ejercicio tonto pagado por un tonto.
El dinero que se gastó en esa encuesta bien pudo haberse usado en asfaltar calles reales en lugar de inflar egos ficticios. Pero ¿qué le vamos a hacer? Chedraui es como el burro que tocó la flauta: no entiende que nada hace bien, pero se siente, aun con su ineptitud y corrupción, un gobernante “digno” de encuesta.
Y mientras Chedraui siga confundiendo su comodidad con el bien común, las calles seguirán siendo el espejo más fiel de su gestión: llenas de hoyos, parches temporales y promesas que se disuelven con la primera lluvia. Y los poblanos están hartos del burro flautista.