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A golpes de razón

Los golpes de tacón que formaron a México

Miguel Ángel Cordero

Mientras lees esta columna, imagina el valle de México hace 205 años.

 

Verdes campos se extienden hacia el horizonte y los cerros repletos de árboles pueden mirarse a la distancia.

 

Un caballero se detiene para que su hermosa yegua descanse tomando agua de un riachuelo en los boscosos montes de lo que hoy es el Estado de México.

 

Pero tal estado aún no existe, solo es otra de las tierras de la Nueva España.

 

Ya la dejó reposar. El tiempo apremia así que toma la rienda, atrae a su yegua, se sube y galopa más rápido que el viento.

 

El caballero que monta raudo y veloz es Ignacio Pérez, alcaide de la prisión de Querétaro. 48 horas antes de esta intempestiva carrera había escuchado tres golpes en la pared de su casa.

 

Y de esos tres golpes hechos con el tacón de una mujer dependía el futuro de una nación nonata.

 

El 12 de septiembre, por la mañana, el corregidor Miguel Domínguez se enteró que el Imperio había descubierto la conspiración que él y sus amigos tramaban para derrocar al gobierno de Nueva España.

 

El sacerdote Miguel Hidalgo y el capitán Ignacio Allende eran parte de esta conspiración, pero nadie les había denunciado, hasta ese momento, así que urgía que supieran que les habían descubierto.

 

Josefa Ortiz, la esposa del corregidor Domínguez dijo la mañana del 12 de septiembre: "Entonces hay que avisarles, para que inicien ya el movimiento porque está todo planeado”.

 

Pero el corregidor quería ocultar cualquier sospecha que le incriminara a él y a su esposa, así que le ordenó a su mujer mantenerse callada.

 

Incluso, como desconfiaba de su carácter, decidió encerrarla en la parte alta de la casa.

 

Más el carácter de Josefa era brioso.

 

En el piso de abajo de la casa de los corregidores vivía el director de la cárcel, el alcaide Ignacio Pérez, y ella y él habían arreglado que si algún día ocurría una emergencia, la corregidora daría tres taconazos para alertarle de que habían sido descubiertos.

 

Ese 12 de septiembre. Josefa Ortiz de Domínguez dio tres golpes a una pared que separaba el gabinete del corregidor de la vivienda del alcaide.

 

Con esa acción logró comunicarse con Pérez y le ordenó que le avisara a Hidalgo y Allende sobre el descubrimiento de la conspiración.

 

Ese aviso de Josefa al alcaide encendió la mecha de la independencia.

 

Tras el oportuno mensaje, Ignacio Pérez cabalgó todo el 15 de septiembre de 1810 hasta San Miguel logrando contactar a Juan Aldama, quien de inmediato se trasladó a Dolores, lugar al que llegó en la madrugada del 16 de septiembre de 1810 para informar las malas noticias a Allende e Hidalgo.

 

Después de una rápida discusión, el cura Hidalgo zanjó la discusión exclamando: “Lo he pensado bien. Veo que estamos perdidos. Así que no queda más remedio que ir a coger gachupines”.

 

La Historia de México es tan rica en detalles como generosa en aprendizajes.

 

Solo del episodio de la conspiración de Querétaro pueden rescatarse distintos elementos: el valor político de la mujer, la lealtad entre los amigos que comparten una visión de nación y el brioso carácter de las mujeres.

 

Josefa Ortiz defendió, a costa del encierro, el movimiento contra el mal gobierno español que después se transformó en una guerra independentista. Si ella no se hubiera entregado con tal fuerza a sus ideales, hoy México no existiría como lo conocemos.

 

Como en el pasado, México depende de sus mujeres y de la lealtad que nos hace honorables.

 

Feliz Día de la Independencia, lectores.

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